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Archivos parlanchines: ¡Se robaron el brillante del Capitolio! (Parte I)

Escrito por: Orlando Carrió (Cubasí)

Antes de empezar a desarrollar esta crónica es bueno que hagamos una aclaración: en el Capitolio Nacional nunca fue colocado un diamante, como aseguran algunos, sino un brillante, el cual exhibe una historia bastante polémica que termina cuando un bandolero de guayabera y zapatos de dos tonos se lo roba y deja en ascuas a toda la nación. ¡Tremendo folletín se escribió entonces con la llegada, casi milagrosa, de esta piedra, y con su repentina desaparición en las mismas narices de decenas de policías!

Durante los años veinte el joyero turco Isaac Stéffano, un exitoso traficante de piedras preciosas de la aristocracia de Rusia, con un prontuario envidiable en tierras caribeñas, le propone a la primera dama de Cuba, María Jaén de Zayas, la venta de «uno de los cinco brillantes de la segunda corona del zar Nicolás II», sin revelarle la tétrica leyenda de la gema: el soberano que la posee es depuesto y ejecutado junto a varios familiares, la duquesa a quien Isaac le compra la joya en París muere a los diez días y un ruso intermediario de identidad desconocida es herido en un cabaret y pierde la vista.

La esposa del presidente Zayas se interesa al principio en el brillante; sin embargo, después que la piedra es tallada en París por prestigiosos artífices, se niega a adquirirla, pretextando su altísimo costo (17 000 pesos), y hace fracasar los ambiciosos planes de Isaac. En consecuencia, el turco, con apremios de bolsillo y sin ningún comprador a la vista, empeña la joya en 1928 por unos míseros 4 000 pesos, luego de sufrir la persecución de varios delincuentes y de haber sido asaltado en Miramar.

Dichos acontecimientos llegan a oídos de Gustavo Parodi, ayudante de Carlos Miguel de Céspedes, el secretario de Obras Públicas de Machado, un oscuro y fantasioso empleado que, a la postre, sugiere la colocación de este brillante en la rotonda del Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional, debajo de la aguja central de la cúpula y delante de la estatua La República, con el propósito de dividir los recintos de la Cámara y el Senado y marcar el kilómetro cero de la Carretera Central. Esta idea es respaldada por los principales ejecutivos de las casas Fratelli-Remuzzi y Grasyma, suministradoras de los mármoles capitolinos, a pesar de que J. I. Solís en el Diario de la Marina del 31 de marzo de 1946 demuestra que el propio Céspedes le pone reparos al libertino proyecto:

«Yo era de opinión que en ese sitio de referencia, en ese punto cero del Capitolio, se engarzara un ágata, un azabache u otra piedra cualquiera, menos un brillante—indica el secretario—, porque ello me parecía, si no un “rastacuerismo”, una extravagancia manifiesta. Pero, lo del brillante prevaleció».

El brillante de Isaac Stéffano, de 23 kilates, amarillo del tipo canario y de dudosa calidad, es adquirido por los machadistas a un costo que fluctúa, según las diversas fuentes, entre los 8 000 y los 12 000 pesos, con el dinero de una recolecta casi simbólica realizada entre los trabajadores, empleados, técnicos, arquitectos e ingenieros del Capitolio —Céspedes y los marmoleros hacen varias aportaciones—, quienes son hechizados por la magia de una gema destinada a vivir una gran aventura. ¡Y con razón!

Tímido adversario del napoleónico Arco del Triunfo, utilizado en Francia como punto de partida para medir las distancias, y de la Aguja del Capitolio de Washington, que tiene similar propósito, el brillante zarista es puesto en su sitio por Dámaso Santana el 27 de enero de 1931,el mismo año en que es entregado oficialmente el Capitolio Nacional al Congreso,dentro de una cámara de platino, fundido a un arco hecho, casi todo, con el oro de la pluma usada por Machado y Céspedes para suscribir la Ley de Obras Públicas. Alrededor de la prenda se extiende una monolítica estrella de mármol de ocho puntos compuesta, además, por ónix, jade y otras piedras finas, la cual se ubica dentro de un bloque de concreto. Tomando como centro este singular gurú de las distancias en Cuba, se sitúa, en su parte superior, un círculo de bronce donde se traza una Rosa de los Vientos.

En principio, se coloca un cristal protector bastante ordinario para evitar que el público pueda tocar la joya y, en 1944, se instala un vidrio doble de unas tres pulgadas de espesor que es hecho pedazos de un simple puntapié por un policía deseoso de congraciar a varios turistas. Mas este es solo el inicio del culebrón: con los años, el brillante es rodeado de una aureola de misterio por los gacetilleros y las agencias turísticas norteamericanas. Algunos incautos le atribuyen propiedades curativas; otros le huyen por sus efectos, al parecer, fatales, e incluso no faltan los apologistas que lo ven como una fuente de buena fortuna. Para colmo, en la década del cuarenta, una joven extranjera trata de desnudarse con movimientos rituales delante de este y provoca mucho nerviosismo.

Lamentablemente, poco se hace para defender el brillante de los ladrones de alto vuelo, los coleccionistas cleptómanos y los millonarios excéntricos que honran sus vitrinas con objetos de dudosa procedencia. La joya no es asegurada ni mucho menos protegida con un eficiente sistema de alarma —su compra en el exterior resulta muy costosa—. Según Prensa Libre, un congresista amigo de Céspedes le revela un detallado plan para capturar el brillante, aunque al final nada ocurre. La idea del robo es vista como irrealizable y propia más bien de un lunático.
Claro, nunca es bueno halarle los pelos al Diablo. Una mañana de marzo de 1946 el custodio de turno se queda atónito al observar que donde estaba situado el brillante del turco solo queda un agujero negro capaz de poner de cabeza a las autoridades. Por supuesto, esta ya es otra historia. Ojalá la podamos compartir juntos…

Editado por Maite González Martínez
Comentarios
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RODOLFO GONZALEZ ORT dijo:

Un brillante es un DIAMANTE cortado de forma circular. Por favor enmienden el error de la segunda línea del texto. Por lo demás excelente crónica.

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