Dra
Hilda Puerta
Universidad de La Habana
La
crisis inmobiliaria norteamericana
iniciada desde mediados del año
2007, fue de tal envergadura que
se propagó rápidamente
a todos los sectores, la economía
y al mundo en su conjunto, afectando
de manera particular a Europa, especialmente
a los dieciséis países
integrantes de la Eurozona, con
lo que se han puesto claramente
de manifiesto tanto las debilidades
de muchos de los mecanismos integracionistas
instrumentados, como la peligrosidad
de los problemas estructurales que
han estado presentes en los últimos
años, principalmente el elevado
desempleo y el lento crecimiento
que los ha caracterizado.
Entre los principales problemas
se destaca el enorme riesgo que
ha enfrentado uno de los logros
más connotados de la Unión
Europea (UE), esto es, la Unión
Económica y Monetaria (UEM)
y en especial, el euro, que en tan
corto tiempo ha devenido la segunda
divisa de importancia mundial.
En este contexto, el caso más
peligroso –a pesar de que
otros países como Irlanda,
España y Portugal confrontan
también serias dificultades-
ha sido, sin dudas, el de Grecia,
cuyo voluminoso déficit,
las enormes deudas y el inminente
vencimiento de una importante suma
de obligaciones , ha provocado la
desconfianza creciente de los mercados,
poniendo en tela de juicio no sólo
la confiabilidad de la moneda europea,
sino la credibilidad de la UEM y
del propio proceso integracionista
europeo. La situación ha
llegado hasta tal punto, que llegó
a mencionarse la posibilidad de
la salida del país helénico
de la unión monetaria, lo
que hubiera provocado de hecho el
derrumbe de un mecanismo que hasta
el momento había resultado
universalmente aceptado, favoreciendo
incluso la pérdida de hegemonía
del dólar estadounidense
dentro del Sistema Monetario Internacional.
¿Qué ha ocurrido en
Grecia, cuya situación ha
llegado a estas circunstancias extremas?
Para comprender mejor la realidad
actual es necesario hacer referencia
a las condiciones establecidas por
la UE como requisito para ingresar
en la UEM, conocidas como “Criterios
de Convergencia” que consideran
niveles de inflación y de
tasas de interés cercanos
a la media comunitaria, un déficit
fiscal no mayor del 3% respecto
al Producto Interno Bruto (PIB),
una deuda pública que no
supere el 60% del PIB, junto con
el mantenimiento de tasas de cambio
estables.
Como quiera que la incorporación
en la Eurozona implicaba la instrumentación
de una Política Monetaria
Común y la circulación
de una divisa única, ello
significaba además de una
cesión importante de soberanía
en materia de política económica,
la necesidad de mantener bajo jurisdicción
nacional algunos instrumentos que
permitieran actuar individualmente
en caso de necesidad, papel que
se le asignó a la política
fiscal.
De esta forma, quedaban bajo estricto
control del Banco Central Europeo
(BCE) las variables monetarias como
la inflación, los niveles
de tasas de interés, al tiempo
que desaparecían las monedas
nacionales, pero no era posible
garantizar el estricto cumplimiento
de los parámetros fiscales,
lo que explica la instrumentación
del “Pacto de Estabilidad
y Crecimiento Económico”,
que entre otras funciones comprometía
a los participantes a mantener el
déficit fiscal y la deuda
pública dentro de las normas
establecidas.
Sin embargo, Grecia que se incorporó
tardíamente a la UEM, en
el año 2001, ha trascendido
con creces estos límites,
iniciando el actual año 2010
con un déficit fiscal cercano
al 14% de su PIB y una deuda pública
del orden del 124% respecto al PIB,
lo que junto con otros resultados
desfavorables -que se manifiestan
también en mayor o menor
medida en los restantes miembros
de la Eurozona como resultado, entre
otros factores, de los efectos de
la crisis- han provocado una reacción
adversa de los agentes económicos
y un incremento ilimitado de la
especulación, favoreciendo
así la pérdida de
confianza respecto al euro, que
ha tendido a depreciarse de manera
sostenida en los últimos
cinco meses, después de un
tiempo prolongado de apreciación.
Obviamente, este escenario se ha
estado gestando desde hace tiempo,
provocando un fuerte cuestionamiento
acerca de los mecanismos europeos
de supervisión y control
y también respecto al adecuado
funcionamiento del Pacto de Estabilidad,
pues no ha sido hasta abril del
pasado año 2009 cuando el
Consejo Europeo decretó la
situación de “déficit
excesivo”, aplicando el procedimiento
correspondiente.
Esta situación de alto riesgo
y vulnerabilidad ha cerrado prácticamente
el acceso del país a los
mercados privados de capital como
vía para obtener los préstamos
necesarios que permitieran enfrentar
sus obligaciones más inmediatas,
de modo que a pesar de que inicialmente
se trató de no acudir a las
fuentes europeas o internacionales
de financiamiento, para preservar
lo más posible “la
imagen externa” del país,
las circunstancias obligaron a ello.
Es así que después
de muchas dilaciones y el rechazo
de algunos miembros –básicamente
Francia y Alemania- finalmente se
aprobó a inicios del presente
mes de mayo un importante programa
de rescate para tres años,
que implica el otorgamiento de préstamos
bilaterales por parte de los restantes
participantes en la Eurozona, ascendentes
a 80 mil millones de euros, lo que
se complementa con los recursos
prometidos por el Fondo Monetario
Internacional por valor de 30 mil
millones de €, es decir, un
préstamo total de 110 mil
millones €.
Tal decisión se explica por
el especial interés de rescatar
la moneda común, no sólo
para evitar una mayor caída,
sino sobre todo para garantizar
su credibilidad, tratando de lanzar
señales alentadoras a los
mercados acerca de una mejor salud
de la Zona, que estimulen a los
inversionistas y a la actividad
económica, apuntalando además
la posición europea en el
mundo y en la lucha por la hegemonía.
Sin embargo, las condiciones están
claras, el país deficitario
y deudor, está obligado a
“ajustar” su economía
y la “receta” reproduce
las condiciones fondo monetaristas,
de recortes en los gastos, lo que
ha implicado el compromiso del gobierno
griego de reducir los salarios públicos,
las pensiones y los gastos sociales
en general, lo que se acompaña
por el incremento sustancial de
los impuestos, con el objetivo de
que se logre reducir el déficit
fiscal al 3% del PIB para el año
2014. Todo ello explica las razones
de las crecientes protestas populares,
en tanto resulta obvio el altísimo
precio que se paga por el obligado
equilibrio macroeconómico,
puesto de manifiesto sobre todo
en la reducción de los ventajas
de los últimos reductos del
“estado bienestar” y
la instrumentación de acciones
claramente neoliberales, acompañadas
por un incremento de la supranacionalidad
y la cesión de soberanía
nacional.
Es precisamente en esta misma línea
de conducta que se dirigen las actuaciones
de las autoridades europeas con
vistas al futuro y a evitar un “efecto
dominó” protagonizado
por los restantes países
con problemas. Este es el gran peligro
de la experiencia que se ha sacado
del caso griego, sin que el objetivo
sea dar respuesta adecuada a las
causas esenciales de los problemas
existentes.
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Fuentes:
RHC, AIN, GRANMA,
TRABAJADORES, JUVENTUD REBELDE, PL,
REUTER, EFE, IPS, ANSA, AFP, XINHUA,
TASS, DPA, AP. |