Se
llaman labores a todas aquellas
operaciones mecánicas que
se realizan en el terreno o con
las plantas a fin de producir
una cosecha agrícola (arar,
aporcar, gradar, sembrar, asperjar,
fertilizar, regar, etc.) Rara
vez la tierra dedicada al cultivo
reúne todas las condiciones
imprescindibles para un buen desarrollo
de la planta.
Las
semillas a sembrar necesitan un
suelo que esté caliente,
húmedo, bien provisto de
aire y suficientemente fino para
que se pueda establecer un estrecho
contacto entre las semillas y
las partículas de suelo.
Se
hace evidente la necesidad de
que el agricultor modifique o
conserve las condiciones de productividad
del suelo, a fin de que pueda
realizar la explotación
agrícola, en las mejores
condiciones económicas,
tratando a este efecto de que
exista la mayor concordancia entre
las necesidades fisiológicas
de semillas y plantas sujetas
a cultivo y las condiciones o
medio agrológico en que
se desarrollan.
En
condiciones naturales, “un
terreno de labor” se encuentra
cubierto de vegetación
espontánea y endurecida
por la acción de las lluvias
y del calor solar:
Si
en estas condiciones dejamos caer
una semilla sobre ese terreno,
quedaría expuesta a la
acción desecante del calor
y de los vientos, no germinará;
pero si lo hiciera, su desarrollo
sería pobre y raquítico
por la dificultad que encontrarían
las raíces para penetrar
en el terreno, además de
no contar con un adecuado suministro
de oxígeno, debido al estado
cohesionado del terreno que provoca
la pobre circulación del
aire en dicho terreno.
Sin
embargo, el inconveniente mayor
será la competencia ejercida
por la vegetación espontánea
en pos del agua, oxígeno
y demás elementos nutritivos
ya que la vegetación espontánea
presenta una rusticidad para enfrentar
mejor las condiciones adversas
que las especies “domesticadas”
por el hombre no presentan.
Por
lo tanto los resultados de una
cosecha con semejante entorno
no sería satisfactorio,
las labores de preparación
son vitales para una buena cosecha.