Nuestra
Victoria
Por
Gustavo Espinoza M.(*)
Hace 65 años, un 9 de mayo
de 1945, el mando militar alemán,
derrotado en la batalla de Berlín,
firmó la capitulación
que puso virtualmente fin a la Segunda
Guerra Mundial. La foto del recuerda
nos muestra al generalazo de la
Wehrmacht con rostros adustos suscribiendo
un documento ante los Mariscales
Soviéticos.
Días antes, en las primeras
horas del 30 de abril -en medio
de una ciudad derruida-, una patrulla
militar soviética había
izado la bandera roja con la Hoz
y el Martillo en el principal edificio
germano -el Reichstag- que sobrevivía
a la hecatombe.
Se hizo tangible así la victoria
del Ejército Rojo sobre las
huestes hitlerianas, luego de 1,418
días y noches de combate.
Ante el asombro del mundo, cayó
entonces por los suelos el Imperio
Nazi, que apenas doce años
antes -en enero de 1933- se había
aupado en el Poder de la vieja Alemania,
y había prometido al mundo
“un milenio de dominio pardo”.
Hoy, los grandes medios de comunicación
han olvidado esta hazaña.
Casi ninguno se ha referido a ella
porque los intereses que defienden,
no fueron los que triunfaron en
la contienda. En buena medida, ellos
también resultaron derrotados
porque la quiebra del poder abatido
implicó el fracaso completo
de la estrategia imperialista, empeñada
en destruir a la URSS a cualquier
precio.
Su silencio nos confirma la idea
de que, finalmente, la victoria
de mayo del 45 no fue “un
triunfo de todos” -como se
suele decir- sino el resultado de
una victoria heroica de quienes
entregaron sus vidas defendiendo
a la especie humana de la barbarie,
y afirmando el rumbo de un orden
socialista, más humano y
más justo.
En nuestro tiempo los panegiristas
del Gran Capital, no se ponen de
acuerdo. Unos sostienen, en efecto,
que es mejor “olvidar el pasado”
y “mirar hacia delante”,
como si la historia no hubiera ocurrido
nunca. Otros sostienen, en cambio,
que sí hay que voltear los
ojos, pero no para recordar, sino
para escribir la historia con otros
signos.
Buscan presentar, entonces, la idea
de que la derrota de Alemania en
la II Guerra, fue consecuencia de
la participación de las potencias
capitalistas, lideradas por los
Estados Unidos.
En el fondo, olvidar toda la historia
resulta casi igual que distorsionarla.
Y es que, finalmente, los Poderosos
creen que los pueblos terminarán
por creer en ellos si repiten lo
mismo obcecadamente. Es decir, si
ocultan el papel de la URSS, y si
se atribuyen sin rubor una victoria
que no les pertenece.
Al tiempo que ha ideado esa manera
de ver los hechos, la clase dominante
-y sus medios de comunicación-
han revitalizado la ofensiva mundial
contra el socialismo. Piensan que
como no existe ya la Patria Soviética,
los pueblos no tendrán la
fuerza suficiente para expresar
su verdad.
Hay que demostrarles que, en el
tema, se equivocan por completo.
Como en su momento la Comuna de
Paris, ahora la Rusia Soviética
habrá desaparecido. Pero
la verdad se levanta como una columna
imbatible ante los ojos de los pueblos.
El nazi fascismo surgió en
el mundo después de la Primera
Gran Guerra, cuando luego de la
crisis europea y de la experiencia
victoriosa de la Revolución
Rusa, la Clase Dominante vio peligrar
su hegemonía.
A los sucesos de octubre de 1917
en el viejo país de los Zares,
y al advenimiento de un orden social
nuevo surgió en diversos
confines del planeta lo que se conoció
como “la ola revolucionaria
de los años 20”.
Recordemos tan solo la Insurrección
de Vladaya en, la Revolución
de Finlandia, que permitió
el ascenso al Poder de los trabajadores
liderados por Otto Kussinen, la
victoria de Bela Kun en Hungría
y el establecimiento efímero
de un régimen revolucionario
en el país de los Crisantemos,
el surgimiento efímero de
la República Soviética
de Baviera en 1918; unidas a las
grandes luchas del proletariado
mundial en Francia, Italia, Inglaterra,
Egipto, La India y China. A ellas
luchas, sumemos la huelga de los
370 mil fundidores de acero en los
Estados Unidos y las grandes acciones
del proletariado latinoamericano
que emergió precisamente
en ese periodo sembrando las semillas
que se cosechan hoy.
Para detener a sangre y fuego el
ascenso revolucionario de los pueblos
fue que el Gran Capital engendró
-como Metistófeles en el
laboratorio del Dr. Fausto- a esos
monstruos que pusieron al mundo
al borde su destrucción.
Benito Mussolini y Adolfo Hitler
fueron, en efecto, creación
directa de los monopolios, empeñados
en un esfuerzo desesperado por salvar
la cadena de dominación imperial,
e impedir la expansión del
socialismo en el mundo.
Las grandes potencias capitalistas
incubaron siempre la idea de que
los gobernantes de Roma y Berlín
las sacaran las castañas
del fuego y pusieran a buen recaudo
el modelo de dominación occidental
que tantos beneficios produjo al
Capital Financiero.
Le permitieron así a la Alemania
Nazi y a la Italia Fascista apoderarse
sin resistencia alguna de toda Europa,
y alentaron a las camarillas gobernantes
en Berlín y Roma para que
enfilaran sus baterías contra
el país soviético
en procura de enterrar de una vez,
y para siempre, la victoriosa experiencia
del socialismo.
Una a una entregaron las burguesías
europeas a sus países a la
voracidad implacable del Nazi-Fascismo,
y así cayó Praga en
1939, Varsovia en 1939, Paris en
1940 y virtualmente todas las capitales
de Europa en los mismos años.
Los agresores se apoderaron de Holanda,
Noruega, Grecia, Yugoslavia, Holanda
y Bélgica ante la pasividad
de las potencias occidentales
Y cuando en junio de 1941 las hordas
nazis irrumpieron en territorio
soviético en dirección
a Leningrado, Moscú y Stalingrado,
ellas se cruzaron de brazos, a la
espera de los resultados de su política
de “neutralidad” e indiferencia.
Sólo cuando el ejército
alemán fue echado de las
puertas de Moscú, cuando
la Unión Soviética
logró quebrar -después
de heroica resistencia- el Cerco
a Leningrado y el Ejército
Rojo pudo derrotar categóricamente
al invasor en Stalingrado - febrero
de 1943- las llamadas “potencias
aliadas” pensaron en la posibilidad
de intervenir en la guerra. Y fue
apenas el 6 de junio de 1944 cuando,
luego del desembarco de Normandía,
el ejército de los Estados
Unidos y las tropas inglesas se
desplegaron en suelo europeo.
Fue en esa circunstancia que los
dirigentes de las potencias capitalistas
miraron a la Unión Soviética
con una extraña mezcla de
admiración y pánico.
Aun se recuerda que fue precisamente
Winston Churchill quien en carta
dirigida a Stalin el 27 de septiembre
de ese año no pudo omitir
el hecho que “fue el ejército
ruso el que destripó la máquina
militar alemana y resiste hoy en
su Frente el empuje de fuerzas enemigas
muy superiores”.
Años más tarde, en
1946, el propio Churchill llamaría
otra vez a las potencias capitalistas
a cerrar filas contra la URSS levantando
-para aislar a la URSS- el tristemente
célebre “telón
de acero” que la prensa occidental
atribuyó sin vergüenza
alguna a la Unión Soviética.
Las cifras oficiales hablan de 20
millones de muertos que la URSS
aportó al mundo en los años
de la Gran Guerra. El país
sufrió la destrucción
física de casi ¾ partes
de su infraestructura y capacidad
productiva, y registró enormes
pérdidas en los más
diversos órdenes; pero resistió
a pie firma y condujo al mundo a
la victoria. Aunque lo objeten por
otras razones, ni siquiera los líderes
occidentales pudieron negar en su
momento el papel de Stalin en la
gran victoria de la humanidad en
el marco de esta horrenda conflagración.
Hoy, cuando la URSS ya no existe,
es deber de los pueblos reivindicar
la historia y reconocer que si la
Unión Soviética no
hubiese salvado al mundo de la barbarie,
todos los pueblos habrían
sido esclavizados y diezmados sin
piedad.
Si los grandes medios no quieren
reconocer esta epopeya de la historia,
los pueblos deben revindicar como
esa victoria como suya. Al fin y
al cabo, ella nos pertenece.
(*) Del Colectivo de Dirección
de Nuestra Bandera / www.nuestra-
bandera.com
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